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La música: fuegos artificiales
21 Ago 2018

La música: fuegos artificiales

En este artículo para la Revista EDBO nº6 Especial Infancia, Laura Sorroche nos cuenta cómo el cerebro cambia en las personas que escuchan música o tocan algún instrumento. Descubre todos los beneficios de estar en contacto con la música desde la infancia.

La música: fuegos artificiales

Por Laura Sorroche

Cada mañana, mi madre me llevaba al colegio en coche. Siempre al borde de las nueve, siempre al límite del reloj. Cruzábamos una de las avenidas más transitadas de Barcelona entre polución y bocinas impacientes. Se trataba de una gesta intrépida, casi heroica. Prisas, nerviosismo y caos matutino. Sin embargo, aquella situación estresante se ha guardado en mi memoria como un buen recuerdo, imborrable y bello. ¿Qué era lo que me gustaba especialmente de aquellos trayectos? Las canciones que me cantaba mi madre, la melodía, el ritmo, y la emoción que compartíamos a través de la música.

¿Por qué nos emociona tanto la música?

Dentro de nuestro cerebro, las emociones y los procesos que se realizan para escuchar música se hallan en el mismo lugar, en el córtex prefrontal. Podemos decir que emociones y música comparten habitación dentro de nuestro cerebro y son compañeros de viaje. Por ello, una canción es capaz de llevarnos por todos los estados emocionales posibles como si, valga la redundancia, de un viaje se tratara.

En los últimos años, distintos estudios nos han mostrado cómo el cerebro cambia en las personas que escuchan música o tocan algún instrumento. La tecnología posibilita poder observar la actividad cerebral de las personas y compararlas entre sí, mediante escáneres y resonancias magnéticas. Por ello, sabemos que cuando leemos o resolvemos problemas matemáticos se activan unas partes u otras del cerebro.

¿Y qué sucede en el cerebro cuando se escucha música?

Se activan un gran número de áreas — por ello, en el título de este artículo he querido compararlo con fuegos artificiales. Para procesar la experiencia musical, nuestro cerebro separa ritmo y melodía, y lo unifica nuevamente para poder “entenderla” y disfrutarla. Lo más sorprendente es que nuestro cerebro lleva a cabo estos procedimientos complejos en una fracción de segundo, sin apenas nos damos cuenta de ello; esto quiere decir nuestro cerebro se pone en pleno funcionamiento con tan sólo escuchar nuestra canción preferida.

Se ha comprobado que el cuerpo calloso, que es la masa de fibras nerviosas que une ambos hemisferios cerebrales, se torna más extensa en personas que dedican parte de su vida a la música. No importa si es a escucharla, a estudiarla, a componerla o a interpretarla: el cerebro cambia. Aun así, se han podido apreciar diferencias notables en la actividad del cerebro de las personas que sólo escuchan música comparado con aquellas que también la interpretan con un instrumento, puesto que estas últimas estimulan más áreas del cerebro.

Por ejemplo, al entender la duración de cada nota en una partitura (una semi-corchea dura la mitad de una corchea, que a su vez dura la mitad de una negra, que a su vez dura la mitad de una blanca, que a su vez dura la mitad de una redonda, etc.) se ponen en marcha las mismas zonas cerebrales implicadas a la hora de solucionar operaciones matemáticas.

¿Y qué hay de placer que nos proporciona la música?

Tan solo escuchando una canción que nos gusta, liberamos endorfinas, aumentado así las sensaciones positivas. Por ello se han comparado los beneficios de la música en el cerebro de los niños y niñas con los que puede aportarles cualquier actividad física completa.

¿Por qué se ilumina el cerebro de los niños y niñas al aprender a tocar un instrumento?

Tocar un instrumento musical, sea del tipo que sea, activa prácticamente todo el cerebro al mismo tiempo, puesto que necesita realizar distintos procesos a la vez, como ya hemos mencionado antes. Activa todas las áreas, especialmente las cortezas visuales, auditivas y motrices.

La práctica de la música fortalece las funciones cerebrales permitiéndoles aplicar esas habilidades desarrolladas a través de la música, en otras actividades. La diferencia más obvia entre escuchar e interpretar música, es que tocar requiere psicomotricidad fina y ésta se controla desde ambos hemisferios del cerebro. También combina la precisión lingüística y matemática, para la que el hemisferio izquierdo está más desarrollado y, por si fuera poco, estimula la creatividad del hemisferio derecho tendiendo así un puente hacia la imaginación.

Por estas razones, componer e interpretar música aumenta el volumen y la actividad en el cuerpo calloso del cerebro, fortaleciendo las conexiones entre ambos hemisferios permitiendo que los mensajes lleguen más rápido y a través de más caminos.

¿Qué beneficios podemos obtener en nuestro día a día si practicamos música?

Los estudios demuestran que los músicos resuelven problemas de manera más eficaz y creativa, en distintos contextos de la vida. Dado que hacer música implica también elaborar y comprender su mensaje y contenido emocional, los músicos a menudo tienen grandes capacidades para ejecutar distintas tareas a la vez y para planificar, crear estrategias y, a su vez, tener en cuenta esos detalles que pueden marcar la diferencia en cualquier estrategia, trabajo, proyecto, etc., ya que están entrenados para el análisis simultáneo de aspectos cognitivos y emocionales.

La práctica musical también tiene un impacto destacable en el funcionamiento de la memoria. De hecho, los músicos realizan funciones complejas con su memoria y de forma constante cuando interpretan una canción; todo ello hace que sean capaces de crear, almacenar y recuperar recuerdos de forma más rápida, así como conectarlos entre sí (que es muestra, también, de mayor sensibilidad).

Dichos beneficios no se alcanzan de un modo tan notable con los deportes y tampoco con otras artes como la pintura. Estudios neurocientíficos han explorado el cerebro de distintos tipos de artistas y deportistas, y se han dado cuenta de que el cerebro de una persona música destaca por encima de aquellas personas que realizan cualquier otra actividad, incluyendo otras artes.

¿Todavía dudas sobre si es una buena idea iniciar a tus hijos/as en la música?

Si se inician desde pequeños, desarrollarán durante más tiempo todas estas habilidades. Un entorno en el que la música esté presente enriquece las capacidades de los niños y niñas. Para ellos y ellas es innato seguir el ritmo, la melodía, mover el cuerpo y tratar de reproducir los sonidos, puesto que surge de forma natural durante la infancia. Podríamos decir que todos tenemos una predisposición de base hacia la música y que esa inclinación de origen se manifiesta con fuerza durante la infancia.

El simple hecho de bailar aporta muchísimos beneficios a los más pequeños, practican así la coordinación de movimientos y mejoran su psicomotricidad, aprendiendo a controlar cada parte del cuerpo. Además, desarrollan sus habilidades sociales, relacionándose con los demás cuando el baile es en grupo o en corro; y ayuda a desarrollar su memoria puesto que aprenden series de movimientos (coreografías) que acompañan cada parte de la canciones.

Pero cuidado, no caigamos en el error de obligar a nuestros/as hijos/as a estudiar música, ya que, si se trata de “una obligación” acabarán aborreciéndola. Debemos intentar que sean ellos mismos, por sí solos, los que descubran sus cualidades musicales innatas para que aprendan a amarlas. Desde muy pequeños podemos facilitar que experimentar con instrumentos de percusión y melódicos, por ejemplo, con un xilófono o un teclado. Lo ideal sería que a medida que vayan creciendo sean ellos mismos los que se interesen por aprender a hacer música, por ello tienen que estar rodeados de ésta y estar familiarizados. Una vez el niño o niña se haya interesado, es importante dejar escoger el instrumento que más interés y curiosidad le despierte, y no guiar sus elecciones según nuestras preferencias, de este modo, la música podrá entrar en sus vidas con entusiasmo e ilusión.


Este artículo forma parte de la Revista EDBO nº6 Especial Infancia.


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