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El otro no existe
24 Abr 2018

El otro no existe

Tres son las leyes ilusorias del inconsciente con las que coinciden la mayoría de las corrientes de pensamiento e investigación sobre la mente y el inconsciente humano: “Todo es real”, “El tiempo no existe” y “El otro no existe”. Esta última ley es la que despierta en mí mayor curiosidad. Me propongo pues, en este artículo, profundizar en esta ley ilusoria del inconsciente a través de nuestras relaciones con el mundo laboral o profesional.

El otro no existe

Por Andreu Alsina


El psicoanalista y psiquiatra Jacques-Marie Émile Lacan afirmaba lo siguiente:

Siempre pensamos que cualquier tiempo pasado fue mejor. No es porque lo sea, sino porque lo entendemos, sea bueno o malo. El pasado simbólico ha terminado, por lo que tiene un sentido comprendido. Sin embargo, el Presente está vivo, abierto a la realidad y. al no estar cerrado, se hace más presente, más angustioso.

Desde la Descodificación Biológica Original (DBO) podemos reinterpretar el sentido de la frase de Lacan; los acontecimientos de la vida cotidiana vividos de forma dramática, durante un tiempo en que no fue posible encontrar la manera de eliminar el estrés generado y que fue interpretado como un peligro (hablamos de situaciones vividas en edades muy tempranas de nuestra vida), recibieron respuesta por parte de nuestro cuerpo que encontró la solución biológica de manera inconsciente e inocente para sobrevivir: el síntoma/enfermedad. Sin embargo, el trauma inicial permanece y, al contactar con él, el dolor puede ser insufrible.

Cuando encontramos una manera de ignorar ese trauma inicial, a través de mecanismos de defensa, que veremos más adelante, es un éxito para nuestro cerebro arcaico, por ello, cuando nos relacionamos con los demás, con el otro (real o imaginario), vamos a repetirlos todas las veces que sintamos que estamos en aquel peligro inicial.

Nuestro inconsciente nos dirige y nos protege para no sentir dolor o, dicho de otra manera, quién nos dirige es nuestro niño interior desconfiando del mundo exterior. Como dice Lacan, el pasado es comprendido y el presente es angustioso; biológicamente nuestro cerebro arcaico encontró la solución para sobrevivir y el presente es peligroso, siendo necesario aplicar la solución arcaica del niño asustado y no desde el adulto que es consciente y comprende. Es como si necesitáramos que nuestros fantasmas inconscientes de niño permanecieran activos y, para ello, si hace falta, modificamos la realidad exterior hasta llegar a confundirla.

Los mecanismos de defensa son, biológicamente hablando, mecanismos de supervivencia.

Reaccionaremos, entonces, con un síntoma físico o psíquico, una caracterología, un trastorno de comportamiento, o un hábito de conducta, etc., que durante la vida iremos repitiendo una y otra vez de la misma forma, mientras no cambiemos la manera de vivir los acontecimientos que son neutros por naturaleza.

A continuación, expongo diferentes ejemplos de mecanismos de defensa (supervivencia) de los que he hablado anteriormente:

  • Proyectamos en los demás (el otro) nuestros propios pensamientos, sentimientos o emociones. Siempre están en relación con nuestro trauma no expresado y el marco que construimos a su alrededor. Tuve un padre muy autoritario, pues solo veré autoritarismo en mi jefe y, probablemente, me relacionaré con él desde la ira.
  • Identificándonos con características del otro que creemos no tener o deseamos para nosotros mismos; viviendo la repetición de nuestros propios patrones o de nuestras propias experiencias pasadas. Una derivada de la identificación es la imitación, hago los mismos gestos, expresiones, etc. que el otro. La pregunta, como en todos los casos es:

¿Cuál es la necesidad que no fue satisfecha en el momento del trauma? Si siento que no pertenezco porque no soy visto por ser el hijo pequeño de una familia numerosa, por ejemplo, una posibilidad sería actuar del mismo modo que los hermanos para ser reconocido. O, por ejemplo, en el trabajo haré lo mismo que mis compañeros para asegurarme no ser rechazado.

  • Reprimiendo nuestros deseos, emociones, sentimientos, opiniones, etc. por si la reacción “del otro” me daña por, precisamente, contactar con mi historia personal. Si para un niño pequeño era peligroso expresarse porque su extrovertido papá era muy mal visto por vivir en un matriarcado muy cerrado, por ello, de mayor seguirá reprimiéndose ya que “es peligroso expresarse.”
  • Culpabilizando el exterior de todos mis males, o culpabilizándome de hacer o decir según qué, provocando alguna reacción negativa en el otro. Cuando de niño necesitó obtener la atención de papá o mamá haciéndose la víctima porque de esta manera los demás le hacían caso o porque tenía mejores atenciones, de mayor seguirá actuando igual para tener el favor de los demás y, además, podría conllevar un beneficio secundario, un ascenso, por ejemplo.
  • Negando todo lo exterior, así nada me perturba, nada me agrede. Llevo una coraza suficientemente gruesa para “no sentir”, pero probablemente me lleva a otro mecanismo que puede ser también necesario: el aislamiento. Una herida o un trauma muy profundo que el niño necesita aislarse con un “no pasa nada”… También encontraríamos ejemplos relacionados con el aislamiento por haber tenido vivencias de sentirse separado dentro del clan familiar.

Podría encontrar innumerables ejemplos que tienen que ver con esta lista de mecanismos de defensa o de supervivencia con los cuales nos relacionamos con el otro desde nuestro niño herido. Desde la DBO, estas heridas traumáticas las podemos agrupar en cuatro grandes grupos conflictuales, íntimamente relacionados con las etapas filogenéticas de nuestra evolución biológica y en las capas de los tejidos embrionarios: conflictos de supervivencia arcaica, conflictos de agresión, conflictos de desvalorización y conflictos de separación.

En cada uno de ellos ha habido una necesidad descubierta cuando se vivió por primera vez esos conflictos y que hubiera permitido eliminar las sensaciones corporales dolorosas y las emociones vinculadas a esa herida. Por ejemplo: supervivencia vs acogida o nutrición, agresión vs protección, desvalor vs valorización, separación vs contacto. Nos hacemos mayores pero desde el niño herido seguimos buscando en los demás o la necesidad que tuvimos o seguir estando dentro de un bucle de patrones iniciales que nos estructuran hasta hoy, ya que han sido construidos desde la herida, desde el trauma, desde el dolor; como explicaba al principio del artículo.

Para finalizar, quiero compartir contigo la siguiente reflexión de Ángeles Wolder sobre este asunto:

Cuando un conflicto biológico ocurre buscamos las causas afuera de nosotros, hasta tal punto que ante cualquier síntoma, fuente de sufrimiento, pensamos en cuál ha sido la frontera que hemos traspasado, que ha provocado lo que nos está pasando. Siempre hay un afuera esperando justificar algo que nos pasa dentro. Las listas de factores de riesgo aumentan tanto como la cantidad de enfermedades declaradas. Pero el otro no existe en DBO, y si en lugar de un factor de riesgo colocamos un conflicto, problema o situación que irrumpe en nuestra vida de forma sorpresiva, es dramática y no conseguimos expresar lo que verdaderamente sentimos podremos explicar los síntomas. Permanecer apegados a los resultados que deseamos también suele ser fuente de sufrimiento cuando éstos no se producen. Saber que somos responsables de lo que vivimos es poder empezar a ver qué es lo que hay en nuestro interior que nos bloquea y no nos deja llegar hasta nuestra propia cumbre como seres humanos

Relacionándonos con los demás desde el niño interior, desconfiado y con el miedo a revivir dolorosamente lo dramático, vemos al otro, no como es o como piensa o como vive, sino solamente vemos en él lo que nos alivia ilusoriamente y que nos mantiene protegidos frente al peligro de contactar con la herida interior, sea cual sea el mecanismo elegido involuntaria e inconscientemente. En consecuencia, el otro no existe.

Observar hoy el trauma, revivirlo y superarlo nos permitirá acoger a ese niño y a relacionarnos con el otro desde la asertividad, la empatía y la responsabilidad de adulto. Entonces, solo entonces, de forma metafórica el otro existe.


Este artículo es parte de la Revista EDBO nº5, Edición Especial: Ámbito Profesional. Para leer más artículos de la revista haz clic aquí


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