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6 Mar 2017

Crecimiento personal: Una pócima mágica para la vida

Una experiencia de crecimiento personal relatada por su protagonista. Noelia Bonifcacio nos contará cómo llegó al mundo de las terapias tras pasar por un difícil camino que la puso frente a un nuevo propósito en la vida.

Hay acontecimientos en la vida que son como el efecto dominó: la caída de una ficha afecta a las restantes. Eso fue lo que me sucedió hace cinco años, cuando me diagnosticaron un linfoma no Hopking en la parte interna del codo. Pero éste no será una historia trágica, sino un relato de crecimiento personal y de  un nuevo proyecto de vida.

Pero para contar esta historia, me tengo que remontar mucho tiempo atrás, al origen biológico de mi enfermedad. A aquello aparentemente olvidado pero que yacía en el océano profundo de mi inconsciente.

Yo era una niña muy creativa, imaginativa y alegre. Disfruté tanto de mi infancia, que he pasado parte de mi vida adulta intentando encontrar ese mismo estado de paz y felicidad.

Como consecuencia de mi estado de éxtasis constante, mis resultados en el colegio eran desastrosos. Y mis notas no predicaban bien en un colegio estricto de educación privada. Recuerdo castigos, desvalorizaciones y humillaciones por parte de los profesores, por el simple hecho de no haber hecho los deberes o no saber la lección. También recuerdo tirones de oreja, pelo y golpes con la regla en la palma de mano. Aquello sólo afianzaba más mi necesidad de jugar y disfrutar de mis ratos libres.

Por entonces, mis padre tenía una tienda de comestibles y su principal preocupación era mantener a la familia. Así que en casa no había nada más importe que el trabajo. Trabajábamos todos. Recuerdo a mi padre que se desvivía por sacar el negocio adelante y a mi madre por atender también a la familia.

Un hecho importante hizo que cambiara el transcurso de mi vida. El último año de colegio, la directora llamaba a los padres para decirles qué camino debían seguir los hijos en sus estudios. Yo estaba entusiasmada porque por fin iba a saber qué iba a ser el día de mañana. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, puesto que su propuesta para mí era que dejara los estudios.

Me sentí desvalorizada y aquel juicio me conmocionó hasta tal extremo que me rebelé. Sí, me rebelé e hice caso omiso, gracias al apoyo de mi hermana. Comencé a estudiar bachiller, selectividad y luego fui a la Universidad, donde estudie la Diplomatura de Trabajo Social. Para mí fue una muestra de mucho valor.

Pronto me llamaron de una gran empresa de telecomunicaciones. A partir de ahora, evitaré citar nombre y lugares, puesto que el hecho que voy a narrar tuvo una gran repercusión mediática.

En este trabajo comencé con una categoría profesional baja en la que no se requerían estudios. Aunque el salario y las condiciones eran buenas, con los años, me resistía a que no se reconocieran mis esfuerzos del pasado. Así que opté por estudiar una nueva carrera universitaria, la licenciatura de Comunicación Audiovisual. Fueron 5 años de duro trabajo y estudios.

Quería que se me valorara, pero nuevamente, nada más lejos de la realidad. Con los años descubrí que se valoraban más los intereses políticos y el intrusismo que el esfuerzo personal.

Aún así, fueron años de bonanza económica y de zona de confort. Pero no desfallecí en mi intento y quise seguir demostrando mi valía, dirigiendo un documental que se estrenó en cines y posteriormente, se emitió en varias televisiones. Hasta que me di cuenta de que tenía que entablar amistad con cargos superiores para que reconocieran mi labor. Así que tuve la suerte (o la desgracia) de conocer a un alto directivo de la empresa. Tanto, que de él dependían las contrataciones, despidos y ascensos.

Al fin había llegado mi oportunidad. Me prometió el puesto de trabajo por el que yo tanto había luchado durante años, pero con una “gran” condición. Pretendía que hiciera de “espía” en la empresa para él. Que le hablara de la gente y de los rumores que se producían en la empresa para que él supiese a quién castigar o premiar.

Pero el acuerdo no acababa ahí, me enfrenté en repetidas ocasiones a varias insinuaciones subidas de tono. Recuerdo aquella época con dolor y sufrimiento. Evitando el encuentro y bajo la amenaza constante del despido si no acataba sus órdenes. Aquello lo viví con muchísima impotencia, puesto que no era el resultado que yo había deseado para mí. Además, esta persona tenía conocidos en altas esferas sociales y políticas. Me sentía atrapada y amenazada. Lo viví como un hecho inesperado, sin solución, sin expresión y en soledad. Nunca acepté su propuesta y tuve que sacar todas mis artimañas para eludir sus deseos.

Por supuesto, mi familia, aún a día de hoy desconoce este episodio y debo reconocer que en aquella época me faltaron los abrazos y el apoyo; cuyo órgano sin duda, con sentido biológico, es el codo. No voy a explicar cuáles fueron las causas de mi silencio, puesto que tendría que exponer cuestiones personales que no vienen al caso.

Finalmente, la justicia hizo acto de presencia. Este señor fue denunciado y juzgado por dos compañeras que sí sufrieron acoso sexual. Aquello me sacó instantáneamente de la ecuación, aunque tuve que asistir a varios juicios donde me sentí atacada y amenaza por la juez que buscaba sí o sí evidencia de abuso.

Desarrollo de la patología:

Varios meses después… el efecto dominó. Diagnostico: linfoma en la parte interna del codo izquierdo. Era el resultado de mi incapacidad y falta de rendimiento frente a tal grado de desvalorización vivido en silencio.

Aquello me llegó como un cubo de agua helada. Y nuevamente, salió a mi rescate mi fortaleza. Viví el conflicto de diagnóstico repitiéndome constantemente: yo no estoy enferma, estáis equivocados. Me rebelé nuevamente, y aquello me ayudó a superar todas las dificultades de la enfermedad.

Recuerdo la primera sesión de quimioterapia enchufada a un goteo incesante de bolsas de líquido. Llegué a contar hasta 12 goteros. Mi cuerpo empezaba a reaccionar. Tuve picores por todo el cuerpo y mucho agotamiento físico. Aquella noche soñé que mis glóbulos rojos luchaban como una fiera contra agentes invasivos externos. La quimioterapia surtía efecto. A los pocos días, mi pelo empezó a caer. Busqué rápidamente una peluquería oncológica en la ciudad. Allí me hicieron un molde de mi cabeza. A los pocos días ya tenía una prótesis capilar perfecta que me pegaron, sí pegaron, a mi cuero cabelludo. Al fin parecía otra vez normal.

Seguí haciendo mi vida con completa normalidad, apoyando a mi familia para que no se preocuparan por mi. Especialmente a mi madre que se derrumbó ante el hecho. Con el paso de las sesiones de quimioterapia, mi cuerpo cada vez se iba debilitando más, pero mi mente cada vez insistía con más fuerza: no estás enferma. Los médicos se han equivocado contigo.

Todos mis órganos gritaban. Mi boca se llenaba de llagas, mis ojos se secaban, mi cabeza me dolía, mi estómago ardía, mi corazón padecía taquicardias, mis intestinos se negaban a evacuar con normalidad, mis menstruaciones y apetito sexual me abandonaron y mi piel se secaba.

Quiero agradecer a mi pareja el impecable acompañamiento que hizo a través de mi enfermedad. Siempre a mi lado. Incansable.

Pero gracias a mi resiliencia y perseverancia llegó el día en el que superé la enfermedad. 

Sólo lloré en una ocasión, cuando me quité la prótesis capilar y bajo la ducha, pude sentir cómo el agua bañaba mi cabeza. Fue una sensación maravillosa. Me sentí limpia y viva.

Todo aquello me enseñó lo liviana que podía ser la vida y perdí el miedo a la muerte. Cambié mi alimentación y me inicié en Macrobiótica para eliminar la retención de líquidos y bajar todos los quilos que me dejó la medicación y la cortisona. Volví a mi práctica deportiva favorita, el taekwondo, que me ha acompañado tanto en mi vida y que inicié en aquella época escolar ante tanta amenaza externa.

A los meses dejé mi trabajo. La empresa sufría los estragos de la crisis y el ambiente fue insoportable para mi. Decidí renunciar a seguir sufriendo.

Tantos acontecimientos me desestabilizaron y dejé de prestar atención a mi pareja. Aún hoy, lamento muchísimo este episodio. Nos separamos y me mudé a vivir sola,
bajo la fiel compañía de Greta, una preciosa perrita de pelo blanco y mirada tierna. El regalo que me dio la vida.

Al poco tiempo, me diagnosticaron una útero polimiomatoso. Me sometí a una extirpación de útero. Cuando me subieron a la habitación, recuerdo ver a los pies de mi cama un grupo de niños de poca edad, jugando y sonriéndome. Nadie los veía. Soy una persona muy sensitiva y no dudo de que estas jóvenes almas vinieron a hacerme compañía.

Toma de conciencia:

Después de todos estos acontecimientos, tomé conciencia de mí, de mi vida y de mí aprendizaje. Inicié el camino hacia mi propio crecimiento personal.

Comencé con la meditación, el yoga y las terapias. Conocí a Ángeles y me inicié en Descodificación Biológica Original. Me apasionó el mundo que me mostró. Ahí puede comprobar que, efectivamente, los médicos estaban equivocados porque mi enfermedad era un programa especial con sentido biológico.

Hoy en día estudio Psicología y sé que moriré aprendiendo, demostrándole a aquella niña de 14 años que vale mucho. Y quiero agradecer a todo y a todos, porque gracias al efecto dominó, vacié toda mi mochila y la llené de amor.

Hoy soy terapeuta y formadora en la Escuela de Descodificación Biológica. Mis hijos son las personas que vienen a mi consulta; mi pareja, las emociones constantes que me regala la vida; y mi cuerpo, el mapa por el cual transito este milagro llamado vida.

Para todos aquellos seres que atraviesan un efecto dominó en sus vidas, les dejo mi pócima mágica: caldo de fe, migas de amor y un pellizco de compasión.
Namasté!


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